viernes, 16 de febrero de 2007

El Problema de la Divulgación Científica en México: III. Divulgación y Sociedad

Una vez puestos de acuerdo en que para ser un divulgador, puede uno nacer o hacerse a la medida, nos encontramos, frente a frente, con la hoja en blanco y, más temible aun, con un público al que no sabemos que quiere leer o saber. En algunos casos, será sencillo seleccionar un tema de moda (clonación, medicina genómica, o los casos de infección por el Síndrome de Insuficiencia Respiratoria que afectan Hong Kong). El problema será cuando tengamos que convencer al lector a dar 5 minutos de lectura a un artículo que hable de la vida de los ácaros de la piel, las variaciones climáticas ocasionadas por El Niño, la existencia de quarks como subpartículas que componen los átomos, los sabores, colores y tonalidades de dichos quarks o sobre lo hermosos que son los campos escalares en un espacio de Riemann. ¿Quién querrá saber de todos esos oscuros temas, cuando bien podrían mejor enterarse del marcador del partido entre Diablos y América, los nuevos diseños de carátulas para teléfonos celulares, el estado de las acciones bursátiles o, ¡válgame el cielo! los últimos chismes en la vida de los Big Brother´s (todos estos últimos temas, por supuesto, de importante y estratégica importancia en la vida nuestra). La solución es simple, pero a la vez compleja. Tenemos que aprender a contar las historias que de inicio pensamos a nadie le interesa saber, de una manera atractiva, tal que, cree en los lectores la necesidad de conocer más sobre el tema.

Siglos antes la divulgación científica era común, y obligaba discusiones variadas en la sociedad. Cuando Chales Darwin publicó su Teoría de la Evolución de las Especies, los comentarios en contra y a favor se multiplicaron por todo el mundo. La sociedad completa se movilizó alrededor de una hipótesis científica, la cual ayudo incluso a modificar creencias y a derrumbar pensamientos dogmáticos que habían anquilosado y detenido la evolución de las ideas ¿Qué diferencia existe entre ese instante histórico y los desplegados a ocho columnas que hoy en día pudieran aparecer, reportando la clonación de un ser humano? Las repercusiones quizá puedan ser tan extensas, pero la gran diferencia está en los tiempos. Mientras a Darwin le tomaron años y años escribir en forma de un libro sus ideas, para luego tomar otros años en diseminarlas alrededor del mundo y que otros las leyeran, para finalmente, durante el período de años de discusión, convencer a sus detractores, hoy en día toma unos minutos hacer público un resultado (al menos sigue tomando años el proceso del descubrimiento científico), otros minutos que el resto del mundo se entere y tal vez unas pocas horas en recibir retroalimentación por parte de los que estén a favor y los que estén en contra.

Pero, ¿a la sociedad le importa conocer los avances de la ciencia y la técnica? Debería. Día con día es usuario de dichos avances, y en más de una ocasión, su vida podría mejorar conociendo mejor como funcionan o de donde vienen. Entonces, yo divulgador, tengo un compromiso social, humano, casi una misión religiosa: no sólo dar a conocer el cómo y el por qué de las cosas, sino también, crear la necesidad de querer saberlo. Es en mucho, el despertar el niño interno, creativo e indagador, que existe en cada uno de nosotros. Volver a hacerte preguntas en voz alta como “¿por qué el cielo es azul?, ¿a dónde va el agua de lluvia?, ¿cómo funciona mi teléfono celular?, ¿y la pantalla de mi laptop de que esta hecha?, ¿cuántos ángeles caben en la punta de un alfiler de tungsteno?, y muchas más.

La inquietud de saber es como un niño dormido. Cuando despierte, nos llenará de preguntas y mas nos vale estar preparados para contestarlas. Tal vez más importante que contestarlas sea, como elaborarlas. Porque sin preguntas concretas, no hay respuestas claras.